De vuelta a Phnom Penh después de dos semanas fuera, por un lado, me resultaba extraño decir vuelvo a casa en un sitio donde siempre te sientes extranjero y te miran como tal. Me parecía que había pasado mucho tiempo y ya no reconocía los lugares, ni mis hábitos de dos meses y medio.
Por otro lado, el ritmo de trabajo aquí va a cámara lenta, así que encontramos todo igual que lo dejamos. Estamos haciendo un folleto para la Biblioteca Nacional, en la imprenta tendría que estar todo maquetado para lanzarlo y nada, allí me véis fijándome en cómo se usa el Adobe Illustrator para quitarle el ratón al menor despiste al informático de turno y hacer todos los cambios de una vez. Hasta el sábado me tocó pisar por allí!
Los camboyanos, en el trabajo y en general, son gente muy tranquila, pacífica y colaboradora, pero a veces resulta difícil trabajar con ellos porque la comunicación no es fácil, eso para empezar, pero la diferencia cultural es inevitable. A mí lo que me impresiona es su paciencia y el hecho de que nunca se enfaden. Son muy educados y, aunque las cosas salgan mal, siempre guardan la mejor cara e, incluso, sonríen. Tampoco oirás a nadie levantar la voz a otras personas; es de malísima educación y lo único que indica es debilidad por parte del que grita.
Lección de cultura aparte, Camboya no deja de ser uno de los países más pobres del mundo y esto suele llevar a la gente a robar. Así que el viernes pasado, al salir a nuestra terraza por la noche, ya tarde, vi cómo se largaba un tipo. Yo, creo que más deprisa que él, me metí de nuevo en casa y cerré a cal y canto, aparte de echarme a temblar como un flan. A la mañana siguiente nos enteramos que al vecino tailandés del segundo (vivimos en el 3) le habían mangado dos ordenadores, dinero y el pasaporte en su propia habitación, mientras dormía y con la luz que se había dejado encendida. Eso sí, yo no fui la única que pasó miedo, el tipo dejó un pedazo truño en las escaleras de fliparlo.
Aunque a policía hizo su investigación ese día, nosotras seguimos durante días y días preguntándonos cómo leches se las habían apañado. Incluso decidimos cambiar de casa, pero la seguridad es por un igual en todos los sitios. El problema es que nosotros, como occidentales, pues tenemos todas las papeletas para que nos hagan un buen seguimiento hasta encontrar el momento oportuno, es algo que le ocurre muy a menudo, hasta en las mejores casas!
Finalmente, compramos unos candados, el casero puso un vigilante nocturno que seguro no toma ni un sólo café y nos quedamos más tranquilas, relativamente.
Ese mismo finde, hicimos una pequena excursión a los famosos
Campos de la muerte de Choeung Ek, visita desagradable pero obligada. Yo ya estaba mal debido a la ajetreada noche anterior pero se me quedó el cuerpo todavía peor al ver todas las

fosas comunes donde echaban a miles y miles de camboyanos que mataban sin piedad en lo que podría denominarse el
segundo holocausto de la humanidad, mientras el resto del mundo no hacía nada por impedirlo y sólo se preocupaba por los intereses económicos (1975-1979). No soy muy partidaria de este tipo de
fotos, pero quiero que sepáis más de todo esto. De todas formas, la tele nos tiene bastante inmunizados ya. También tengo un
artículo del periódico.
Luego, para relajarnos un poco, hicimos un picnic en hamacas y subimos a la colina de Udong, con unos templos que nos daban muchas ganas de ir a Angkor (lo dejo para el final) y unos paisajes espectaculares. Al lado podéis ver todo llano y verde. Al fondo se ve todo inundado todavía, aunque la época de lluvias ya está llegando a su fin.